28 septiembre 2026 - 15:19
fuente: Abna24
Líder de la Revolución: según los cálculos divinos, Irán es la primera potencia del mundo / La Revolución desbarató el dominio extranjero sobre Irán

El ayatolá Seyed Moytabá Hoseiní Jameneí, Líder Supremo de la República Islámica de Irán y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, en un mensaje con motivo del aniversario de los primeros días de la primera guerra impuesta y de los Días de Dios de la defensa de ocho años, perdurable para la nación iraní, ha aludido al empeño de los dominadores por devolver a Irán a la época del atraso, la «humillación y el envilecimiento», la dependencia y el descrédito mediante la imposición de la guerra en la primera década de la Revolución. Ha subrayado que, pese a sus vastos esfuerzos, el sistema islámico se alzó, cual ave fénix, más lozano y fuerte que antes, con una voz más resonante y un vuelo más alto, y que esta se convirtió en una cualidad constante de este sistema en los sucesos posteriores fabricados por el enemigo. Y ahora, ese fénix, a raíz de las presiones del enemigo y, en particular, de las dos recientes guerras impuestas, ha crecido de tal modo que la sombra de su vuelo se proyecta también sobre las tierras del enemigo.

Agencia de Noticias AhlulBayt (ABNA): el Líder de la Revolución Islámica y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas ha emitido un mensaje con motivo del aniversario de los primeros días de la primera guerra impuesta y de los Días de Dios de la defensa de ocho años, perdurable para la nación iraní.

El mensaje del ayatolá Seyed Moytabá Hoseiní Jameneí, difundido hace unos minutos, es el siguiente:

بسم‌الله الرّحمن الرّحیم

وَ لَقَدْ أَرْسَلْنَا مُوسَىٰ بِآيَاتِنَا أَنْ أَخْرِجْ قَوْمَكَ مِنَ الظُّلُمَاتِ إِلَى النُّورِ وَذَكِّرْهُم بِأَيَّامِ اللَّهِ

Los primeros días del mes de Mehr evocan los Días de Dios y el grandioso y perdurable fenómeno de la valerosa defensa de ocho años de la nación iraní en la primera guerra impuesta. En aquellos días, el cálido resplandor del sol de la Revolución, sobre la extensión de la tierra de Irán, esparcía una grata sensación de solidaridad nacional y de lealtad a la escuela y a la doctrina del Islam revolucionario, bajo cuyo influjo se derretían los hielos de la hegemonía y del colonialismo, antiguo y moderno. En aquellos días, algunos iraníes recordaban lo ocurrido más de veinte años atrás: la malevolencia de los colonialistas, los sucesos relativos a la nacionalización de la industria petrolera y el golpe de Estado estadounidense. Otros habían oído noticias de ello, y muchos de ellos habían vivido de cerca las consecuencias de la dominación extranjera sobre los asuntos de nuestro país. Pero los días anteriores fueron días sombríos y oscuros, en los que los embajadores de los gobiernos arrogantes comunicaban al Shah del país lo que debía y no debía hacerse, y este, de buen o mal grado, lo ejecutaba, hasta que la gran revolución de la nación iraní, bajo el liderazgo del Imam Jomeiní (que Dios esté complacido con él), desbarató aquel tinglado. Aquellos días sombríos desembocaron, como fruto de esta revolución, en los días luminosos del establecimiento de la República Islámica de Irán. Esto resultó muy gravoso para los dominadores que habían puesto su codiciosa mirada en las riquezas de esta tierra y que, durante años, para apropiárselas, habían infligido toda clase de maldades contra su gente; por ello, desde entonces emplearon todo su empeño y esfuerzo en hacer que el caudaloso río de la nación revolucionaria regresara a su cauce anterior, y la primera guerra impuesta fue su acción más importante en la primera década de la bendita vida de la República Islámica.

Del seno del fuego de aquella guerra, encendida por el partido antipopular Baaz con la ilusión de una guerra de pocos días y de una victoria sin esfuerzo, el sistema islámico se alzó, cual ave fénix, más lozano y fuerte que antes, con una voz más resonante y un vuelo más alto que en el pasado; y esta se convirtió en una cualidad constante de este sistema en los sucesos posteriores fabricados por el enemigo.

Aquellos días en que el enemigo de esta nación había impuesto sobre ella a sus lacayos y ejercía una forma nueva de colonialismo se transformaron, por la bendición de la Revolución y del izamiento de la bandera del Islam y la yihad en el escenario de la guerra impuesta, en días de orgullo que, incluso 38 años después de su final, al contemplar uno a uno sus acontecimientos y escuchar los relatos sinceros de sus supervivientes, siguen haciendo brillar ante nosotros, como estrellas resplandecientes en la historia de nuestro país, ejemplos que son, cada uno de ellos, una lección de devoción, valentía, resistencia, ética y humanidad.

Aquellos días en que, al comienzo de las agresiones de los secuaces del sistema de dominio, nuestro país, para defenderse frente a numerosas amenazas, había heredado del sistema del Tagut unas manos vacías, han llegado, por la bendición del establecimiento de la verdad y del auxilio divino, a los días en que los propios dominadores agresores, y no ya sus seguidores, buscan refugio frente a los ataques de los combatientes del Islam y tienden la mano suplicante para abandonar la guerra.

Aquellos días a los que ellos desean devolver nuestro país estaban llenos de atraso, humillación y envilecimiento, dependencia y descrédito de Irán en el mundo islámico; y estos días en que nos encontramos están llenos de progreso, dignidad, independencia y el más alto nivel de prestigio en el mundo islámico e incluso en todo el mundo. Hoy hay quienes nos consideran la cuarta superpotencia del mundo. Por supuesto, ellos lo dicen según cálculos mundanos; pero, según los cálculos divinos, un país que se considera perteneciente a la Purificada Descendencia (PB), cuya mayoría de habitantes está prendada de esos excelsos y que no teme establecer la verdad, es la primera potencia del mundo.

En aquellos días, los dos mares del sur de Irán eran el campo de maniobras de las fuerzas enemigas, pero en estos días, a causa de los dolorosos golpes recibidos de los valerosos combatientes y de los guardianes del estrecho de Ormuz, no avanzan más allá del mar Arábigo, y cada vez que han asumido este riesgo, se han causado daño a sí mismos; y pronto el mar Arábigo también se vaciará de ellos.

Hubo días en que los dominadores, mediante operaciones psicológicas y la creación de un clima de intimidación, vaciaron las calles de la capital y desencadenaron un golpe de Estado contra el afán de independencia de esta nación, y después saquearon durante 25 años las riquezas de este país; pero en estos días, desde hace siete meses, nuestros compatriotas han engalanado las plazas y calles de todo el país con su presencia responsable y fervorosa, para que el corazón de los combatientes del Islam esté cálido y el enemigo se sumerja en el pánico. Del mismo modo, más de 30 millones de iraníes declararon su disposición a sacrificar la vida y, cuando, con vistas a cierta organización, se anunció de nuevo su presencia, en tan solo los primeros 100 minutos completaron más de quinientas mil personas la capacidad solicitada. En estos momentos, en todo el Irán islámico, adornado con la presencia de iraníes de etnias diversas, existen múltiples declaraciones de disposición, y en particular de disposición armada, para forjar un campo de batalla que les depare renombre a ellos y oprobio a su enemigo.

Hubo días en que el elemento de la valentía de los habitantes de esta tierra se conocía por sus hombres; pero ahora estamos en días en que las mujeres, en algunos ámbitos de presencia valerosa, superan a los hombres.

Hubo días en que el enemigo había procurado debilitar de continuo la retaguardia social del sistema, pero en estos días los más diversos sectores de la sociedad, con sus evidentes diferencias, se mantienen firmes en la defensa de sus legítimas posiciones y, entre ellas, en la defensa del estrecho de Ormuz, tan lleno de bien y bendición.

Esta comparación entre los días pasados y los días presentes es susceptible de mayor amplitud y explicación, pero, en una sola palabra, yo, como servidor del querido pueblo de Irán, declaro que aquellos días pasados a los que nuestro enemigo anhela regresar han quedado atrás y jamás volverán a repetirse; y, por supuesto, debo recordar con dolor y pesar que en estos días hace mucha falta el lugar del gran Jomeiní y del excelso Jameneí, mártir (que Dios eleve sus nobles rangos), a cuyos liderazgos está en deuda la dignidad actual del país. Pero, por la bendición del valioso tesoro que ha quedado para sus seguidores de sus actuaciones y de sus palabras brillantes y orientadoras, los días venideros serán con mucho más esplendorosos que estos días. Porque aquel fénix que surgió de la hoguera de la primera guerra impuesta ha crecido ahora, por las presiones del enemigo y en particular de las dos recientes guerras impuestas, hasta tal punto que la sombra de su vuelo se ha proyectado también sobre las tierras del enemigo.

En esta ocasión es muy oportuno que, con motivo del segundo aniversario del martirio del héroe emir árabe y gran símbolo del Frente de la Resistencia, el sublime mártir Seyed Hasan Nasralá (que Dios santifique su alma pura), se le rinda un recuerdo. Fue un sincero bienhechor para su nación y su escuela, y sus sermones sinceros y llenos de dulzura, y sus acciones valerosas, fortalecían los corazones de su pueblo e incluso de los libres del mundo. Fue quien elevó a la grandeza el nombre del Líbano, un país pequeño que durante años había sido el patio trasero de ciertas potencias. Fue quien tuvo siempre a su lado la victoria y el triunfo, y quien, sin duda, en toda la historia del Levante hasta hoy, tras los profetas y sus legatarios, no había alzado la cabeza en aquella antigua región un hombre de su grandeza; y, por supuesto, ahora su bandera gloriosa está en manos del Sheij Naim Qasem (que Dios lo proteja), quien, con valentía, a la vanguardia de las sólidas filas ashuraicas de Hezbolá, continúa su camino.

Estos días del Líbano son, ante el tribunal de la historia y desde ya mismo, días sobresalientes y de orgullo para ellos y para todos los muyahidines de la Resistencia, y días de humillación y, en última instancia, de bochorno para aquellos que, frente al enemigo sionista, han puesto su esperanza en las falsas promesas de los dominadores y de sus malquerientes. Aquellos que, a diferencia del mártir Seyed de la Resistencia, de Seyed Hashem Safieddine y de los actuales muyahidines de la Resistencia, quienes con el paso del tiempo irradiarán luz como astros resplandecientes y serán guía de los buscadores del camino sumidos en la perplejidad, muy pronto quedarán sepultados y olvidados en las primeras páginas de la historia, y cada vez que en el futuro se haga mención de ellos, evocarán maldad, imprevisión e incluso, tal vez, traición.

Para concluir, espero que, con la continuidad de los favores divinos y la plegaria especial de nuestro señor (que Dios, el Altísimo, apresure su manifestación, y que nuestras almas sean su rescate), la nación iraní y todos los compañeros de la Resistencia no se enfrenten sino a la victoria, al triunfo y a la dignidad, y sus enemigos no se enfrenten sino a la derrota y a la humillación; por la gracia de Dios y su generosidad.

Seyed Moytabá Hoseiní Jameneí

28 de septiembre de 2026

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